Diario de noticias de Alava Se despiertan con la contundente explosión de una arcada o los ecos afónicos de las últimas víctimas de la noche. Y para salir a la calle sortean, no siempre con acierto, losregalos de los meadores profesionales de portal. Son los vecinos del Casco Viejo, sufridores de la cara oscura de La Blanca. Todos tienen claras sus opciones: o se alían con el enemigo durante seis largos días y lo soportan con resignación o se largan de Vitoria hasta el final de la fiestas. No hay remedio.

El traqueteo de dos maletas quebranta el silencio de Pintorería, ayer. Las arrastran Iker y Laura, camino a la estación de autobuses. El año pasado, él tenía que madrugar para ir a trabajar y ella, pese a estar de vacaciones, empezó a descubrir el insomnio. “Era imposible descansar, incluso con tapones en los oídos. Parecía que teníamos la fiesta en el dormitorio”, recuerdan.
Del mismo modo opina Iratxe, trabajadora en un establecimiento de Cuchillería. Aunque ella, a diferencia de esta pareja, ha aprendido “a la fuerza” a convivir con el jaleo. “Es como dormir al lado de un campanario. Al principio molesta, te despiertas cada dos por tres, pero con el tiempo te acostumbras”, asegura. Lo mismo les sucede a Severino y su señora, jubilados y vecinos del Casco de toda la vida. Aunque el alboroto es constante, están inmunizados. Eso sí, les molesta muchísimo que la gente de la calle no tenga en cuenta que “en el barrio hay personas que viven, no sólo que se pasean por ahí”.
“Nos damos por vencidos con los gritos, ¿pero las meadas y los vómitos que nos encontramos por la mañana no son evitables?”, se pregunta. Y es que tan sólo suplican “un poquito más de consideración”. Todo un ejemplo de convivencia.

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