gara El pasado viernes, el barrio bilbaino de Txurdinaga fue escenario de una concentración contra una antena de telefonía. Protestas que se repiten cada vez más. Pero, ¿están justificadas? ¿Son las ondas electromagnéticas dañinas? La evidencia científica debería tener la última palabra.
En el municipio vizcaino de Basauri se contabilizan hasta 17 antenas de telefonía, un núcleo urbano donde desde 2002 existe una moratoria municipal que limita más instalaciones similares. Precisamente allí, las denuncias vecinales contra este tipo de emisores han ganado fuerza en los últimos tiempos. Como ocurre en Iruñea, donde una plataforma vecinal lleva a cabo periódicas concentraciones de protesta. Hasta el arzobispado navarro prohibió el año pasado que se colocaran antenas de telefonía móvil en las iglesias por «prudencia» ante las ondas electromagnéticas. Son sólo algunos ejemplos de una queja que se repite en Getxo, Basauri, Galdakao, Eibar y en cada vez más localidades. Sobre la mesa, la inocuidad o no de las ondas electromagnéticas que emiten estas antenas y cuya polémica se extiende a otro tipo de instalaciones eléctricas como las redes de alta tensión o las subestaciones eléctricas.

«No estamos contra el progreso, ni contra esta tecnología. Queremos que se investigue y que se proteja nuestra salud aplicando el principio de precaución, el principio que rige los valores técnicamente más bajos posibles de emisión», aclara Carmelo Santolaya, portavoz del Colectivo de Afectados por la Telefonía Móvil de Navarra. «Soy un afectado por la telefonía móvil. Vivo cerca de unas antenas de este tipo. He experimentado una clara mejoría en mi salud siempre que he cambiado mi domicilio. Al volver a mi domicilio vuelvo a empeorar y la pesadilla se repite», resume así su caso.
El pasado 24 de junio se celebró el Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética y también colectivos como la Coordinadora vasca de afectados se sumó a esta jornada de denuncia. Precisamente fue en Basauri donde nació esta corriente.
Desde estas plataformas vascas reiteran su mensaje de que tanto las líneas y subestaciones eléctricas como las antenas de telefonía móvil y sistemas de telecomunicaciones se asocian, en el primer caso, a «un aumento del cáncer, sobre todo leucemias infantiles, y afecciones cardiovasculares», y, en el segundo, a emisiones «indiscutiblemente dañinas para el cerebro humano y todos los tejidos de los seres vivos».
Para argumentarlo, echan mano de «reputados estudios científicos» como el Proyecto Reflex con doce estados de la UE en 2004, o de declaraciones internacionales «que nos alertan de la peligrosidad de estas antenas y recomiendan su alejamiento y el control de las emisiones a las que se exponen de forma continuada a las personas». Además, no dudan en aseverar que «todas estas afecciones se multiplican por tres en un entorno de 400 metros a la redonda de las estaciones base de telefonía móvil y sus efectos se perciben incluso en un radio de un kilómetro».
Yolanda Imaña es miembro del grupo ecologista Sagarrak de Basauri. Considera que «estamos ante una cuestión de fe, porque existen muchos informes pagados por operadoras, ayuntamientos y administraciones que dicen que no hay peligro, pero hay otra montaña igual o más grande de informes alternativos, de científicos independientes, donde dicen que son superperjudiciales para la salud».
Quienes defienden estos argumentos reclaman ante todo la aplicación del principio de precaución, que empuje a las administraciones a ordenar unas leyes más restrictivas en cuanto a ubicación y valores límite de exposición ciudadana. «La incomprensión hacia los afectados por la telefonía móvil recuerda a la que existía hace años con el fumador pasivo, con el agravante de que en este caso la exposición es continua incluso en la intimidad del domicilio. Y los daños pueden ser incluso más graves», se lamenta el navarro Carmelo Santolaya.
La primera sentencia en el Estado español que ponía en tela de juicio la inocuidad de estas antenas de telefonía tuvo como protagonista en 2001 a una niña de ocho años de Erandio, que sufría hiperactividad y residía en el último piso de un bloque en cuya azotea estaba instalado el aparato. El juez ordenó su retirada al albergar la «sospecha razonable» de que las ondas electromagnéticas podían agravar su enfermedad nerviosa.
Estudios que defienden su inocuidad
Sin embargo, el fallo no consideraba probado que los campos electromagnéticos resultaran perjudiciales. Y es que estamos ante un debate que la mayoría de científicos considera más propio de la histeria que de la razón. La propia Organización Mundial de la Salud ha avalado de forma reiterada la seguridad de las ondas electromagnéticas.
La Asociación Española Contra el Cáncer elaboró en su día un informe titulado “Campos electromagnéticos y cáncer: Preguntas y respuestas”, donde sostiene que los conocimientos científicos sobre la radiación no ionizante (la que emiten antenas, móviles o electrodomésticos) «son más amplios que los correspondientes a muchos productos químicos». Y a renglón seguido concluye que «hasta la fecha, no se han confirmado efectos adversos para la salud debidos a la exposición a largo plazo a campos de baja intensidad típicos de ambientes residenciales o públicos», siempre que no se sobrepasen los límites establecidos por las leyes.
La AECC también subraya que «no ha podido encontrarse ninguna prueba científica de que haya relación causa-efecto entre la exposición a los campos electromagnéticos y un incremento del riesgo de leucemia», ni que «cause directamente daño en las moléculas de los seres vivos y en particular en su ADN». De lo que concluye «improbable que a los niveles de las normativas actuales los campos electromagnéticos puedan inducir el desarrollo de cáncer». Otro tanto sentencia esta asociación respecto al caso concreto de las antenas de telefonía móvil, que dice, «no suponen un riesgo para la salud».
Un documento que también coincide con estas exposiciones es la monografía que redactaron los Museos Científicos Coruñeses (www.arp-sapc.org/articulos/antenas.html), respondiendo a las inquietudes ciudadanas sobre esta materia. En este trabajo se defienden afirmaciones como que «por lo que respecta a las antenas no existe ninguna evidencia de que puedan alterar el sueño o provocar dolores de cabeza» o que los inquilinos que viven bajo una de estas antenas no reciben ningún tipo de radiación.
También da respuesta a la exigencia de que estas antenas sean alejadas de los núcleos urbanos. «Si se alejasen las estaciones base de telefonía de los núcleos urbanos, las antenas y teléfonos tendrían que emitir con mayor potencia para hacer posible la comunicación. Ello supondría un aumento de la intensidad de la radiación recibida tanto por los usuarios de los teléfonos como por el resto de los ciudadanos».
Hoy, mesa redonda en bilbo
El salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbo acoge hoy, a las 19.00, una mesa redonda sobre los efectos de las ondas electromagnéticas en la salud. Félix Goñi, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UPV-EHU, y Joseba Zubia, catedrático de Comunicaciones Ópticas de la UPV-EHU, hablarán sobre “Antenas y salud: verdades y mentiras”.
Organizada, entre otros, por Círculo Escéptico y la UPV-EHU, esta convocatoria tiene como objetivo, informan, «propiciar que las decisiones vecinales sobre la instalación y el uso de antenas de telefonía y otros dispositivos emisores de ondas electromagnéticas se basen en información contrastada científicamente y no en prejuicios».
«El mayor peligro de una antena de éstas en el tejado es que haya un vendaval» Félix Goñi Urcelay, premio euskadi de investigación 2002
gara Catedrático en Bioquímica y Biología Molecular y Director de la Unidad de Biofísica en la EHU-UPV, califica de «modelo de dogmatismo y disparate» las denuncias de la Coordinadora vasca de Afectados por la Contaminación Electromagnética.
«Las líneas y subestaciones eléctricas producen campos electromagnéticos de baja frecuencia que reputados estudios científicos asocian con un aumento significativo del cáncer, sobre todo leucemias infantiles, y las afecciones cardiovasculares como arritmias y trombosis», es la denuncia que hacen quienes rechazan estas instalaciones. ¿Qué hay cierto en esta dura acusación?
Nada. Los «reputados estudios científicos» simplemente no existen. Es decir, no hay un sólo artículo, que yo conozca, publicado en una revista solvente, o sea, sometida a lo que se llama peer review, que pueda sustanciar esta denuncia. Y, naturalmente, el tema es de tanta importancia que, de ser cierto, las revistas punteras se disputarían el honor de publicar estos datos.
Igualmente afirman que «las antenas de telefonía móvil y sistemas de telecomunicaciones producen campos electromagnéticos de muy alta frecuencia y microondas pulsátiles similares a las de los hornos de microondas, emisiones todas ellas indiscutiblemente dañinas para el cerebro humano y todos los tejidos de los seres vivos».
Lo de «indiscutiblemente» será indiscutible para el autor de esas líneas, y para cualquier otro que, como él, desconozca lo más elemental de la Física. Si las emisiones de radioondas fueran dañinas para los seres vivos, eso significaría que toda la Física de radiaciones del siglo XX, por ejemplo la constante de Planck, toda la Física cuántica, estaba equivocada. Y si está equivocada, entonces… ¿cómo hemos llegado a fabricar teléfonos móviles?
La protección de la salud humana exige la aplicación urgente del principio de precaución, defienden estos colectivos. ¿Debería prevalecer en este caso?
La única consecuencia lógica del principio de precaución, que lo pueden escribir con mayúsculas sin que por ello adquiera validez, es el suicidio colectivo. La vida es una enfermedad mortal, y sólo hay una manera de conseguir el riesgo cero, que es renunciando a vivir.
Otra demanda es que las antenas de telefonía móvil sean alejadas de los centros urbanos.
El riesgo es nulo, estén cerca o lejos. Salvo que el viento tire una de esas antenas, en cuyo caso, claro, es mejor estar lejos.
¿Qué peligro corren los inquilinos de un bloque de viviendas en cuyo tejado hay una antena de este tipo?
El del vendaval. Dichos inquilinos deben renunciar a pasearse por la azotea en días de viento.
Antenas, redes eléctricas, móviles, microondas, sistema wifi… ¿Por qué cree usted, entonces, que existe tanta polémica en torno a toda esta tecnología?
¡Al fin una pregunta sensata! Sólo que para ésta no tengo respuesta. Yo soy científico, no sociólogo, ni siquiatra. No puedo contestar, pero no deja de llamarme la atención la anomalía que supone una sociedad archidependiente de la ciencia que, sin embargo, ignora por completo sus fundamentos y desconfía de sus aplicaciones.
¿Y qué hay de las personas que aseguran padecer daños causados por ellas?
Según estudios muy conservadores, el 60% de las personas que acuden a una consulta de medicina no tienen ninguna lesión orgánica demostrable, es decir, son lo que podríamos llamar `enfermos imaginarios’.

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