Periódico Diagonal.
Con tradición de luchas obreras, abandonado históricamente por las distintas administraciones y convertido en laboratorio de resistencias urbanas, La Alameda es hoy centro de batalla contra los intentos de uniformar las ciudades.
En la mitad norte del casco histórico de Sevilla, encontramos la Alameda de Hércules. Hacinamiento, condiciones laborales extremas y un arraigado sentimiento de clase confirieron una identidad propia a este barrio. Una personalidad que, en parte, se sigue manifestando hoy en los conflictos creados por las transformaciones urbanísticas que sacrifican a un tejido social histórico en favor de la rentabilidad económica.
En Sevilla, ese empuje de capital especulativo comienza con la Expo ‘92, que pone a la ciudad en la puja por los flujos monetarios. Y a mediados de los ‘90 se intensifica con el Plan Urban, fondos europeos para la rehabilitación de zonas degradadas. La inversión pública sirvió para activar a la privada, convertida en única y libre gestora de la promoción de viviendas. La fisonomía y fisiología del barrio mudan frenéticamente.

La población tradicional es desalojada de la zona. Patios de vecinos con viviendas sin baño son reconvertidos en bloques de apartamentos de lujo, mientras que edificios y bares de diseño sustituyen a los antiguos locales.
Las obras, iniciadas por el anterior equipo de Gobierno (PSOE-Partido Andalucista) y prolongadas a lo largo del período que PSOE e IU llevan gobernando, han servido para finalizar la operación de maquillaje que la zona requería para acabar su ‘pijización’. De forma agresiva, y como símbolo definitivo de esta nueva imagen, se construye en la misma Alameda una comisaría de diseño de la Policía Nacional.
Pero todos estos procesos no se han dado sin que se articulara una respuesta por parte del tejido social que habita la zona. Es más, en gran medida, las dinámicas ‘pijizadoras’ llevan a unirse a gentes que sienten la amenaza sobre el territorio que habitan. Los varios intentos de construir un aparcamiento bajo la Alameda han sido rechazados a lo largo de varias legislaturas. La crítica a los planes elaborada desde colectivos y agentes sociales, vinculados en distintos momentos en torno a plataformas antipárking fue radicalizando su discurso, que pasó de dirigirse contra la ubicación del aparcamiento por la supresión de la arboleda o las nefastas consecuencias de tráfico, a construir una crítica al modelo de movilidad, de ordenación urbana, y al modelo económico en sí. Con orígenes diversos, las gentes vinculadas a la defensa de su territorio contra la especulación inmobiliaria tejen una red social solidaria y reactiva frente a las agresiones.
El movimiento de okupación reaparece con fuerza en el CSOA Casas Viejas de la mano de gente joven, algunas con escasa experiencia política previa junto a otras con larga trayectoria. Tras más de cinco años de actividad en las naves de la calle Antonia Díaz, sobre el espacio se cierne un potencial desalojo y los colectivos y personas que lo okupan se plantean refundar el proyecto.
El Pumarejo resiste
Por otro lado, se genera en la defensa de la Casa del Pumarejo un referente de lucha. Después de años de protesta para evitar el desalojo del edificio y su conversión del mismo en hotel de lujo, clínica dermoestética o asilo de ancianos, se consigue una protección institucional de la edificación y de sus inquilinos. La batalla continúa con la okupación parcial de la edificación como centro vecinal, donde se alojan diversos colectivos que desarrollan su labor más allá de la defensa del edificio en sí.
La Oficina de Derechos Sociales, que ofrece información y asesoramiento jurídico a colectivos y personas con escasos recursos económicos, con especial atención a inmigrantes, o la Liga de Inquilinos “la Corriente”, creada para dar respuesta a la violencia que propietarios y administración venían ejerciendo sobre los inquilinos, son ejemplos de una diversidad que convive no siempre sin roces.
Otro ejemplo de lucha lo encontramos en la PACA, Plataforma de Artesan@s del Casco Antiguo, creada a partir de que el reciente Plan Urbano amenace con la desaparición de los últimos corralones de artesanos que tradicionalmente se han alojado y dado carácter a esta zona de la ciudad. O en la Huerta del Rey Moro, una zona verde que no era más que una mancha en un plano hasta que gentes, vecinas y enredantes abrieran sus puertas al barrio y articulasen su defensa frente a la planificación de viviendas…
Es cierto que toda esta resistencia no ha conseguido detener la maquinaria especulativa, y ni siquiera está claro que haya conseguido frenarla parcialmente. Sin embargo, ha sido con la acción política como han crecido nuestras raíces en el territorio, enredándose entre sí, emergiendo aquí y allá y, ocasionalmente, floreciendo.
Más información: http://www.elgranpollodelaalameda.net/

Utzi erantzuna

Zure e-posta helbidea ez da argitaratuko. Beharrezko eremuak * markatuta daude