Javier Vegas
Junto a mi casa, un viejo edificio está siendo demolido para su rehabilitación. Es lo normal, lo mires desde la propiedad o li mires desde la razón. Las viejas paredes dejarán paso a nuevos paramentos, mejorará la carpintería interior y exterior y el tejado cumplirá su función. Hasta ahí todo bien, pero, ¿qué pasará con la puerta?
La puerta es una de esas puertas antiguas, de las que se pueden abrir enteras o por mitades, la de arriba y la de abajo. Esas puertas nos hablan de un mundo cercano pero desaparecido. De unas casas que sólo se cerraban de noche, que permanecían abiertas en la parte superior de día, que propiciaban esas conversaciones de vecinos, apollados contra la puerta entre abierta.
Puertas de esas forman parte de nuestro imaginario perconal y colectivo, y sin embargo se alejan cada día más de nuestra realidad. Del miedo a que alguien entre en nuestra propiedad o tenga siquiera acceso a nuestra intimidad. Del tiempo que marca la falta de tiempo, la prisa sin pausa para hablar, del horario, la agenda y la cita.
En fin, rehabilitarán la casa, la harán moderna, lo plagarán de pisos y vecinos que puede que no lleguen siquiera a conocerse. Si hay suerte, algún avispado se llevará la puerta, y la pondrá como elemento de decoración contra una pared, sin que abra el paso a nada.
Si no la hay acabará en un vertedero hecha astillas, como el mundo que refleja, como la sociedad que evoca.

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